El país que nunca leyeron: propaganda, derechos humanos y la construcción de Argentina.
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Argentina es usualmente debatida, pero rara vez entendida. Entre tantos mitos, fake news, ignorancia respecto de hechos históricos básicos, desconocimiento de la historia de los derechos humanos, prejuicios, sesgos y propaganda, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando un país se convierte en un símbolo antes que en un objeto de análisis?
En una era caracterizada por las opiniones instantáneas y la difusión constante de desinformación, Argentina se ha convertido en un caso de estudio y de resistencia frente al resto del mundo, muchas veces simplemente por su existencia e, incluso, por destacarse en diversas áreas. El problema no radica en que las personas tengan opiniones sobre nuestro país, sino en que esas opiniones rara vez sobreviven al contacto con la realidad. Con frecuencia, se trata de ideas instauradas a partir de una agenda propagandística con un propósito ulterior cuyo origen o finalidad muchas veces desconocemos.
En la más pura Carrie Bradshaw fashion, no puedo evitar preguntarme: ¿estamos eligiendo qué pensar o simplemente actuamos en automático? ¿Cuánto de lo que pensamos realmente surgió de nosotros? ¿Es una contradicción observar los dos lados de una misma moneda? ¿O acaso se trata de una forma de hipocresía? El mayor triunfo de la propaganda no consiste en hacer que una persona crea una mentira, sino en lograr que olvide cómo pensar por sí misma.
Vivimos en una época en la que todos tienen una opinión, pero pocos se preguntan quién la escribió. ¿Y si la libertad de pensamiento no hubiera desaparecido, sino que hubiera sido reemplazada por la ilusión de elegir?
Como en todo paper académico sobre comunicación, resulta inevitable mencionar que cada paradigma histórico se construye sobre la arquitectura comunicacional propia de su época. Durante los siglos XX y XXI, la radio, la televisión, el cine, los diarios, las revistas e incluso los videoclips, así como toda expresión artística, configuraron el escenario donde se desarrolla la relación entre el receptor y el prosumidor. En ese espacio se construye la narrativa, no solo bajo una determinada corriente de pensamiento, sino también —además de funcionar como un aparato propagandístico con agenda propia— como un instrumento de consumo en todos los sentidos: de ideologías, estilos de vida, recomendaciones algorítmicas, do's and don'ts y modelos del deber ser dentro de la estratificación social, hoy potenciados por las redes sociales.
Las tecnologías y las plataformas cambian, pero el eje central permanece. ¿Quién o quiénes moldean nuestro estilo de vida? ¿Somos conscientes de este paradigma? ¿Cómo se rompe esa hegemonía? ¿Cuáles son los mecanismos que otorgan valor e influencia a determinados discursos que venden no solo productos, sino también estilos de vida e ideologías que, en muchos casos, terminan traduciéndose en avances o vulneraciones de los derechos humanos?
Además, toda disputa vinculada a los derechos humanos posee consecuencias jurídicas, sociales, filosóficas y económicas. Litigar nunca es gratuito. Existen costos monetarios, pero también costos sociales e institucionales que profundizan la problemática y amplían sus efectos.
La invasión de las redes sociales en nuestra vida cotidiana —nuestro teléfono celular, donde concentramos prácticamente toda nuestra existencia social, laboral, financiera y afectiva— ha desplazado el centro de la discusión hacia un exceso de información que dificulta distinguir entre una fake news y un hecho verificable. Sin embargo, el problema más profundo es otro: las personas ya no leen las dos versiones de una historia. Y, desde una perspectiva sociológica, allí reside una de las principales causas del deterioro del pensamiento crítico. En otro trabajo analizo por qué la sociedad parece cada vez menos empática y menos romántica; una de las respuestas es, precisamente, que ya no leemos. Pero esa reflexión quedará para otro espacio y lo podes leer en mi revista.
El modelo tradicional de comunicación entre emisor y receptor ha sido profundamente alterado. Hoy, el mensaje es constantemente interrumpido por un fenómeno que resulta preocupante: el scroll infinito, diseñado para alimentar nuestras propias preferencias y reforzar nuestros sesgos. De este modo, el algoritmo adapta el discurso para satisfacer al llamado prosumidor, limitando cada vez más su exposición a perspectivas diferentes.
La distinción entre propaganda y publicidad ha mutado hasta conformar una simbiosis difícil de separar. Paradójicamente, el acceso cada vez más libre y democrático a la información puede producir efectos antidemocráticos cuando los algoritmos priorizan la confirmación de creencias por encima del debate plural.
En realidad, la frontera entre propaganda y publicidad nunca fue completamente nítida. La diferencia primordial radica en el interés que persiguen, aunque, en ambos casos, existe un componente económico y estratégico. La publicidad, al igual que la propaganda, construye una identidad —o branding— con el propósito de vender un estilo de vida al que una persona puede acceder o no según su capital social, cultural y económico.
Ambas responden a estrategias cuidadosamente diseñadas —incluso más tácticas, si se me permite la referencia, que las de mi querido Bilardo— donde la comunicación produce resultados concretos: votos, consumo, legitimidad o posicionamiento. La vidriera es la misma; lo único que cambia es el interés que se oculta detrás. En definitiva, el comportamiento colectivo no constituye el punto de partida, sino el resultado de una disputa permanente por el poder simbólico.
Pocos acontecimientos deportivos condensan con tanta claridad un caso de estudio comunicacional como la campaña de hostilidad que, en determinados espacios mediáticos y digitales, ha atravesado Argentina en los últimos años. Este fenómeno comenzó a adquirir mayor visibilidad durante la Copa Mundial de la FIFA 2022, cuando numerosos artículos y publicaciones sugirieron la existencia de un supuesto racismo estructural en la selección argentina a partir de la composición étnica de su plantel.
Lo reitero siempre: el deporte es cultura, y la cultura se estudia, se interpreta, se empatiza y se comprende; no se reduce a la repetición acrítica de discursos simplificados. Un partido de fútbol nunca es únicamente un partido de fútbol. Dejando de lado mi pasión y mi profunda devoción por este deporte, el fútbol constituye un espacio privilegiado para comprender procesos ideológicos, identitarios, idiomáticos y culturales. En él convergen narrativas nacionales, disputas simbólicas, tensiones geopolíticas y representaciones sociales que permiten analizar, desde una perspectiva interdisciplinaria, la construcción de identidades colectivas e incluso los debates contemporáneos en torno a los derechos humanos.
A prima facie, la persistencia de determinadas narrativas dirigidas contra Argentina constituye un verdadero caso de estudio. Diversas acusaciones provenientes de sectores del ámbito deportivo, artístico y mediático han contribuido a difundir discursos profundamente críticos hacia un país que, muchas veces, no responde al estereotipo históricamente asignado a las naciones sudamericanas. Puede tratarse de una afirmación polémica, pero Argentina rara vez adoptó de manera acrítica la narrativa eurocéntrica que presenta a América Latina como un espacio destinado a ocupar una posición subordinada dentro del escenario internacional. Por el contrario, con frecuencia se califica a los argentinos de soberbios por manifestar orgullo nacional, construido, entre otros factores, sobre una tradición de educación pública, gratuita y laica que, conforme al Preámbulo de nuestra Constitución Nacional, se encuentra abierta a todas las personas que habitan el suelo argentino. Se trata de un privilegio que muchos argentinos no encuentran cuando residen en otros países.
Aprovecho esta reflexión para formular una consideración personal. Independientemente del país en el que uno decida vivir, jamás debería faltar el respeto al lugar que le abrió sus puertas. La crítica es legítima; el desprecio hacia la sociedad que brinda oportunidades, no.
Desde una perspectiva sociológica, el tratamiento mediático de las selecciones sudamericanas revela la persistencia de imaginarios que trascienden el ámbito deportivo y remiten a jerarquías históricas de carácter económico, político y cultural. En determinados discursos, el éxito de equipos provenientes de América Latina suele interpretarse como una excepción o una anomalía frente a una supuesta superioridad estructural de las potencias europeas, cuyos mayores recursos económicos, infraestructura deportiva y ligas altamente profesionalizadas son frecuentemente presentados como sinónimo de excelencia competitiva.
Sin embargo, la trayectoria histórica del fútbol sudamericano desafía esta narrativa. Países como Argentina, Brasil y Uruguay han acumulado títulos mundiales, desarrollado algunas de las escuelas futbolísticas más influyentes del mundo y producido generaciones de jugadores que han redefinido este deporte a escala internacional, muchas veces en contextos atravesados por crisis económicas e inestabilidad política.
Esta aparente contradicción puede interpretarse a la luz de perspectivas críticas sobre el eurocentrismo, según las cuales persiste una tendencia a considerar la experiencia europea como el parámetro universal del progreso y la legitimidad, relegando los logros provenientes de otras regiones a la categoría de excepciones, en lugar de reconocerlos como expresiones equivalentes de excelencia. En este sentido, las narrativas digitales contemporáneas no solo reproducen rivalidades deportivas, sino que también reactivan imaginarios históricos acerca del lugar que América Latina ocupa dentro del orden simbólico global.
Desde el campo de la comunicación, la propaganda digital desempeñó un papel central en la difusión de narrativas discriminatorias hacia Argentina durante el desarrollo del Mundial. Entre ellas proliferaron teorías conspirativas sobre un supuesto favoritismo arbitral o institucional por parte de la FIFA. Confieso, con cierta ironía, que ojalá hubiera sido así; me habría evitado pasar una semana sufriendo por un partido de fútbol. Sin embargo, más allá del humor, estas narrativas limitan el pensamiento crítico y promueven una actitud pasiva por parte del prosumidor.
En términos freireanos, este fenómeno puede vincularse con el modelo de educación bancaria, en el cual la información simplemente se deposita en los sujetos sin promover procesos de reflexión, cuestionamiento o construcción autónoma del conocimiento. Precisamente por ello considero necesario incorporar un breve recorrido histórico sobre la evolución de los derechos humanos en Argentina y sobre la construcción de su imagen internacional.
Rara vez la historia constituye un registro objetivo del pasado. Por el contrario, representa un espacio permanente de disputa donde la memoria colectiva se construye mediante procesos de selección, omisión e interpretación. En este trabajo procuraré privilegiar siempre el análisis crítico y el debate capaz de generar praxis antes que sostener posiciones ideológicas cerradas o seleccionar únicamente aquella bibliografía que confirme mis propias convicciones. La investigación académica exige leer todas las perspectivas involucradas, incluso aquellas con las que no coincidimos.
En la era digital, este fenómeno adquiere una dimensión inédita. Narrativas históricas complejas son reducidas a afirmaciones breves, emocionalmente eficaces y fácilmente viralizables. Argentina constituye un caso paradigmático de esta dinámica. En distintos espacios digitales, el país suele ser presentado como un ejemplo de racismo estructural o de excepcionalidad discriminatoria. Si bien resulta pertinente analizar críticamente el origen y la circulación de estas representaciones, este trabajo no pretende desarrollar una teoría conspirativa sobre las motivaciones que las impulsan. En cambio, propone examinar cómo se construyen dichas narrativas y de qué manera dialogan —o entran en tensión— con la evidencia historiográfica disponible.
Un análisis histórico riguroso revela un panorama considerablemente más complejo, en el que conviven procesos de exclusión, avances institucionales y profundas transformaciones sociales. Precisamente esa complejidad constituye el objeto de estudio de las ciencias sociales y el punto de partida para comprender cómo se construyen las representaciones contemporáneas sobre Argentina en el escenario internacional.
Lejos de la creencia de que la esclavitud fue inexistente en el territorio argentino, esta institución formó parte de la estructura económica y social del Virreinato del Río de la Plata. Durante los siglos XVII y XVIII, miles de africanos esclavizados fueron trasladados a Buenos Aires y a otras ciudades del interior, donde desempeñaron un papel fundamental en la economía colonial, el comercio, el trabajo doméstico, la artesanía e incluso en la organización de milicias urbanas. Reconocer esta realidad resulta indispensable para evitar la reproducción de una narrativa nacional que invisibilice la experiencia afrodescendiente y sus contribuciones a la construcción histórica del país.
No obstante, el proceso jurídico argentino respecto de la esclavitud presenta características distintivas dentro del contexto americano. En 1813, la Asamblea General Constituyente sancionó la denominada Ley de Libertad de Vientres, mediante la cual se establecía que los hijos nacidos de mujeres esclavizadas serían libres. Décadas más tarde, la Constitución Nacional de 1853 prohibió definitivamente la esclavitud, situando a la Argentina entre los países que avanzaron tempranamente hacia su abolición. Esta cronología antecede a la abolición en Estados Unidos (1865), Cuba (1886) y Brasil (1888). Esta comparación no pretende establecer jerarquías morales entre naciones ni desconocer las injusticias sufridas por las personas esclavizadas; simplemente evidencia que los procesos históricos de emancipación siguieron ritmos diferentes en cada sociedad americana y que, desde el punto de vista jurídico, Argentina fue una de las pioneras en la región.
Otro de los aspectos frecuentemente simplificados en el debate público es la composición étnica de la población argentina. Durante décadas se difundió la idea de que la población afroargentina había "desaparecido". Sin embargo, la investigación histórica contemporánea ha demostrado que esta afirmación constituye una simplificación excesiva. Las transformaciones demográficas obedecieron a múltiples factores —entre ellos las guerras del siglo XIX, epidemias como la fiebre amarilla, los procesos de mestizaje, las migraciones y las prácticas censales que invisibilizaron sistemáticamente a las comunidades afrodescendientes— más que a una desaparición literal.
En la actualidad, organizaciones afroargentinas continúan reivindicando su presencia histórica y su reconocimiento dentro de la identidad nacional, cuestionando narrativas que durante décadas contribuyeron a su marginación simbólica. Asimismo, considero necesario abandonar una mirada excesivamente porteñocéntrica sobre la historia argentina. Lo afirmo como porteña: debemos dejar atrás la idea de que Buenos Aires o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires representan, por sí solas, la totalidad del país. Argentina es mucho más amplia, diversa y compleja que su capital.
Esta evolución histórica no implica que Argentina sea una sociedad exenta de racismo, xenofobia o discriminación. Ninguna democracia contemporánea puede sostener semejante afirmación. Sin embargo, sí demuestra que las identidades nacionales no pueden reducirse a etiquetas simplificadoras ni a representaciones unidimensionales. La historia argentina, como la de cualquier otra nación, está compuesta por contradicciones: episodios de exclusión conviven con importantes avances normativos e institucionales; procesos de invisibilización coexisten con políticas de reconocimiento y reparación. Precisamente por ello, las narrativas digitales que presentan a un país exclusivamente a través de una única característica suelen decir más acerca de las dinámicas contemporáneas de circulación de la información que acerca de la complejidad histórica del objeto representado.
En los últimos años se ha hablado extensamente sobre el racismo y otras formas de discriminación en Argentina. Sin embargo, con frecuencia estos debates se desarrollan sin un conocimiento suficiente de la historia nacional ni de la evolución de los derechos humanos en el país. Mi intención no es negar ninguna forma de discriminación ni caer en posiciones negacionistas. Por el contrario, considero que el negacionismo constituye uno de los mayores obstáculos para comprender la realidad. Argentina, como cualquier otra sociedad, posee expresiones de racismo, xenofobia y discriminación que deben ser reconocidas y combatidas.
No obstante, resulta igualmente importante distinguir entre prácticas sociales discriminatorias y el desarrollo histórico del marco jurídico en materia de derechos humanos. Ambas dimensiones se encuentran profundamente relacionadas, pero no son equivalentes. Desde el punto de vista normativo, Argentina ha sido pionera en diversos avances legislativos, entre ellos la abolición temprana de la esclavitud, el reconocimiento del sufragio femenino, la sanción del matrimonio igualitario y la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Lejos de demonizar a otros países, sostengo que cualquier análisis sociológico serio debe dialogar necesariamente con la historia y con el derecho.
Respecto de las teorías conspirativas sobre los resultados deportivos, considero que pueden resultar interesantes como objeto de estudio comunicacional, aunque carecen de valor académico cuando se sostienen sin evidencia empírica. Acusar un supuesto arreglo de partidos sin pruebas constituye una práctica incompatible con el rigor científico.
Ahora bien, la historia del fútbol también ofrece episodios que invitan al análisis crítico. Basta recordar algunos hechos ocurridos durante Italia 1990, particularmente el controvertido control antidopaje realizado a Diego Armando Maradona tras el encuentro frente a Nigeria en el Mundial de Estados Unidos 1994, o las controversias generadas cuando la selección argentina exhibió una bandera en homenaje a las Islas Malvinas antes de un amistoso en 2014. Estos episodios han dado lugar a múltiples interpretaciones dentro del ámbito deportivo. No afirmo que constituyan pruebas de una conspiración; por el contrario, los menciono como ejemplos de acontecimientos que invitan a reflexionar sobre la relación entre deporte, política, comunicación y construcción de narrativas. Después de todo, esa búsqueda de preguntas constituye una parte esencial de mi labor como periodista y jurista.
Mi experiencia cubriendo mi primer Mundial
Este año tuve la posibilidad de hacerme un regalo que, en realidad, fue una inversión en mi profesión: viajar para cubrir mi primer Mundial. Una vez más me encontré del otro lado del mundo haciendo aquello que más amo: ejercer el periodismo con un proyecto propio, construido únicamente a partir del esfuerzo personal, un micrófono y la decisión de salir a la calle para preguntarle a los hinchas qué significaba el fútbol en sus vidas.
Recibí testimonios extraordinarios, profundamente emotivos y, en muchos casos, exactamente los que esperaba encontrar, porque dialogaban con el inmenso amor que también siento por este deporte. Sin embargo, hubo un aspecto que llamó particularmente mi atención: la mayoría de las personas entrevistadas simplemente quería formar parte de la experiencia colectiva del Mundial. No buscaban explicar cuestiones tácticas, políticas o históricas; querían pertenecer a un momento compartido. No hay nada de malo en ello, pero fue una observación que continuó resonando en mí mucho tiempo después.
Otro aspecto que pude advertir durante la cobertura fue el escaso reconocimiento que, en muchas ocasiones, reciben los periodistas independientes. Si no pertenecés a un gran medio tradicional, muchas personas prefieren no concederte una entrevista. Algunas rechazan participar con excusas poco convincentes simplemente porque aspiran a aparecer en una pantalla de mayor alcance. Esa realidad puede resultar frustrante al comienzo del camino.
Aun así, continúo haciendo periodismo porque creo profundamente en la importancia de dar voz a quienes habitualmente no la tienen. Desde el derecho puedo ofrecer asistencia jurídica; desde el periodismo puedo ofrecer escucha, representación y empatía. Ambas herramientas son distintas, pero para mí resultan igualmente valiosas.
Levantarme todos los días a las cinco de la mañana para producir editoriales de moda en la calle —siendo simultáneamente fotógrafa, productora, modelo y editora—, entrevistar personas, redactar notas, editar videos, grabar pódcasts y trabajar hasta altas horas de la madrugada no es una tarea sencilla. Durante meses trabajé un promedio de doce horas diarias para cumplir uno de mis mayores sueños: cubrir un Mundial con los recursos que tenía a mi alcance, acompañada únicamente por un trípode, una pequeña cámara rosa y una enorme ilusión.
Amo profundamente el periodismo, siempre atravesado por una mirada jurídica que orienta mi manera de comprender el mundo. Como decía mi querido Carlos Bilardo, muchas veces "me olvidé de vivir" porque dediqué gran parte de mi vida a aquello que más amo. Quizá sea un oxímoron fascinante: trabajar incansablemente para sentirme plenamente viva.
Por eso seguiré defendiendo al periodismo independiente. Considero que constituye uno de los últimos espacios desde los cuales todavía es posible ejercer la profesión con libertad, convicciones éticas e ideales propios. No creo que ello nos convierta en personas moralmente superiores, aunque sí estoy convencida de que el esfuerzo, la honestidad intelectual y la empatía siguen siendo herramientas indispensables para construir una sociedad mejor.



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